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sábado, 6 de febrero de 2010

La mitad del Universo. La fuerza femenina en los códices mixtecos.


Salvador Rueda Smithers.
"Las mujeres y sus diosas en los códices prehispánicos de Oaxaca"
(Cecilia Rossell y María de los Ángeles Ojeda, 2003).

Los dioses celestes viven arriba, sobre la franja de la que cuelgan los astros, en el techo del mundo; abajo, los hombres pueblan el plano horizontal de la Tierra. El inframundo es el lugar de los muertos y de las divinidades frías y acuáticas. Así urdieron su cosmografía los indígenas mesoamericanos antes del contacto con los europeos. Esa forma del orden que explicaba la estructura vertical del Universo era reflejo de uno de los arquetipos más antiguos y duraderos de la historia humana.
Este mapa mental del orden señala que el mundo no siempre fue así. En el origen, antes de la creación del tiempo y de la invención del calendario, la inmóvil deidad pareja, con su doble naturaleza femenina y masculina, decidió partir al Universo y unir sus distintos niveles en sus extremos, en los ejes del Cosmos: en los planos superiores quedaron las fuerzas masculinas, calientes, luminosas, secas, en los invisibles bajo tierra, los poderes femeninos, oscuros, húmedos, los relacionados con la muerte.
Aunque invisibles, los dioses fueron descritos físicamente, plásticamente no se descuidó representarlos cargados de signos de identidad; con cuidado en los detalles se reprodujeron maneras, colores, gestos, circunstancias, atavíos, entre otras características que se conocen o que se adivinan y que daban cuerpo a un vocabulario cuya lectura conjuntaba el aprendizaje de los códigos artísticos y la memorización de sus largas biografías.
Rossell y Ojeda escogieron elaborar sus explicaciones a través del fascinante y todavía abierto estudio de los documentos pictográficos oaxaqueños. De estilo iconográfico conocido como Mixteca-Puebla, “compartido por varias etnias que lo adaptaron a su cultura visual y a sus lenguas”, la exactitud de sus trazos que abreviaban símbolos y  la riqueza de sus paletas se desdoblaron hacia el último tramo prehispánico como un estilo internacional que abarcó todo el altiplano central de México. Dos conjuntos de documentos de este estilo sobrevivieron a la incuria y a las violencias de la historia: el Grupo Borgia y los códices mixtecos, “valioso acervo con doce de los diecisiete códices prehispánicos que sobrevivieron a la destrucción causada por la invasión europea.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Glifos de cargos, títulos y oficios en códices nahuas del siglo XVI

Perla Valle
El imperio español dejó pendiente el reconocimiento del castellano como lengua común después de 1521; sólo grupos selectos de la nobleza y varios funcionarios indígenas y mestizos lo aprendieron durante las primeras décadas coloniales. En términos generales, la castellanización de los pueblos indios avanzó con lentitud durante los siglos siguientes, sin cubrir la totalidad del territorio, hasta el siglo XVIII en que la Corona mostró interés en considerar la unificación lingüística de las Indias y demás territorios conquistados (Guzmán Betancourt, 1997: 23-37).
Desde las primeras décadas posteriores a la conquista se requirió de la comunicación oral y escrita en castellano y en diversos idiomas locales con la administración colonial. Esta circunstancia ocasionó varias modificaciones en la escritura de los pueblos nahuas, que mostró numerosos cambios, pérdidas y diversas adquisiciones. Sin embargo, la continuidad en la elaboración de códices, paralela a la práctica del lenguaje oral indígena, favorecieron la adaptación de las imágenes y sus valores fónicos y simbólicos a la trascripción de términos en castellano. A su vez, fue posible representar objetos y significados propios de la cultura dominante con grifos tradicionales o con la adopción de nuevas imágenes adaptadas a las convenciones establecidas en la escritura desde la época prehispánica.
En varios estudios sobre la escritura nahua del siglo XVI, el doctor Joaquín Galarza analizó diferentes facetas de los cambios y adaptaciones observados en varios códices de esa época. Estos trabajos han permitido leer la documentación en forma más completa, con menos errores y, en consecuencia, entender mejor su contenido en estudios posteriores. Galarza estableció que el problema para los tlacuilos “radica en la representación pictográfica de los nuevos nombres tomados de la religión católica. Tratan de superarla explotando el carácter simbólico y a la vez fonético de su escritura tradicional”.
Un caso semejante se percibe en los grifos de cargos y títulos, pero en ellos no se presenta con la misma frecuencia el problema del simbolismo como en los nombres cristianos, sólo pocas veces se recurrió a representaciones de imágenes asociadas para registrar un cargo por su significado. Lo más importante era resolver la transcripción de los valores fónicos de los elementos que forman los grifos tradicionales y que reproducen los nombres de funciones administrativas, de méritos o grados y de oficios. 

martes, 2 de febrero de 2010

Las escrituras que privilegian la imagen: cuatro casos.

Anne-Marie Vié-Wohrer

Desde hace 100 000 años que el ser humano está capacitado para hablar pero sólo escribe desde hace 5 500 años. En la historia de la humanidad, únicamente una pequeña minoría ha practicado la escritura y hoy, a pesar de todo el tiempo transcurrido, todavía mil millones de personas no saben leer ni escribir. Actualmente existen veinticinco sistemas de escritura en el mundo: el sistema chino es el único de aquellos basados en la imagen que ha resistido a las vicisitudes de la historia.
La escritura es un sistema de signos, al igual que los gestos, los sonidos y las imágenes. Pero en qué difiere de éstos? Según el concepto occidental de escritura, ésta es, en primer lugar, un medio para registrar la lengua que le precede; y en segundo, un medio para conservar la formulación de una idea.
Muy a menudo se cree que la escritura es una transcripción de la lengua; sin embargo, se trata más de una traducción que de una transcripción porque siempre existe un “intervalo” entre lo pronunciado y lo escrito. La escritura se sitúa a mitad del camino en la confluencia del lenguaje (sonido) y de la imagen (grafía): coloca y distribuye en un espacio dado las palabras de la lengua.

Este trabajo trata del lugar que pueden ocupar las escrituras del México Central (“aztecas” y mixtecas) dentro del gran conjunto de las escrituras llamadas pictográficas, en oposición a las escrituras alfabéticas. Se presenta brevemente el origen geográfico e histórico, así como los principios generales que rigen cada una de las escrituras pictográficas más conocidas: la cuneiforme sumeria, la ideográfica china y la jeroglífica egipcia. Como conclusión se hablará de las concordancias posibles entre éstas y las escrituras mesoamericanas. Te invito a que leas este excelente trabajo en: “Los códices y la escritura mesoamericana” de la revista Desacatos. Revista de Antropología Socia. Publicación cuatrimestral del CIESAS, septiembre-diciembre de 2006.

lunes, 1 de febrero de 2010

Joaquín Galarza, el científico y el hombre: su legado a México y a la humanidad.

Miguel Ángel Recillas Gonzáles
Joaquín Galarza nació en San Luis Potosí, México, el 2 de octubre de 1928. Su conocimiento de la lengua francesa le permitió -tras haber obtenido la maestría y el doctorado en letras en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM- continuar sus estudios en París, donde obtuvo el diploma superior de bibliotecario. Trabajó en el ejercicio de esta profesión en la Biblioteca Nacional de Paris con el fondo mexicano, lo que le proporcionó el primer contacto con los códices resguardados en ella. Después desempeñó el puesto de bibliotecario especializado en la Biblioteca del Museo del Hombre. Ambas experiencias fueron fundamentales porque le despertaron el interés por el estudio de la etnología con el fin de acercarse más al contenido de los documentos indígenas. Obtuvo el doctorado en etnología en la Universidad René Descartes Sorbona, y posteriormente el doctorado de estado en letras y ciencias humanas en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales en Francia. Para conseguir estos grados desarrolló dos tesis sobre documentos coloniales: Lienzos de Chiepetlan, en la que estudió documentos del estado de Guerrero; y Codex de Zempoala, manuscrito indígena del Estado de Hidalgo, México. En estos trabajos cimienta las propuestas metodológicas para el estudio de los códices, convirtiendo estos tratados en dos clásicos fundamentales para el estudio científico y exhaustivo de la escritura tradicional azteca.

ENFOQUE ETNOLÓGICO.
El principal y más conocido aporte de Galarza es el estudio de los códices desde un enfoque etnológico, que lo llevó a plantear y proponer un método científico para el desciframiento y lectura de los manuscritos indígenas tradicionales, cuyos resultados sirvieron de base para la teoría de la escritura azteca, en particular, y mesoamericana en general, así como para la continuación de los estudios sistemáticos contrastables por él mismo y por otros nvestigadores.
EL ESTUDIO DE LA LENGUA NÁHUATL.
Surgió en él la intención de estudiar la lengua náhuatl como lengua viva, es decir, una que sirve para la comunicación en la actualidad y que es utilizada en todas las actividades de la vida cotidiana, de manera que este conocimiento también contribuyera a una comprensión del llamado náhuatl clásico -utilzado en los códices- y para su posterior enseñanza. 
SU OBRA EDUCATIVA Y LA ENSEÑANZA DEL MÉTODO DE LECTURA DE CÓDICES.
Los aportes de Galarza en el campo educativo y didáctico -además de aquellos relativos a la enseñanza del náhuatl- también son variados, tanto que lo llevó a explicar también los resultados de la investigación sobre códices de manera lúdica y didáctica, adoptando sus técnicas a las posibilidades de los niños.
TRABAJO EN GRUPO.
Desde sus primeros trabajos exhaustivos de análisis de códices se percató de que abordarlo desde esta perspectiva era una tarea monumental que sólo se podría lograr con la formación de grupos de trabajo y la participación de especialistas en distintas áreas del conocimiento. sólo así se abría la posibilidad de abordar los diferentes contenidos temáticos de estos manuscritos y de los hablantes y especialistas de la lengua indígena en que están escritos.

viernes, 29 de enero de 2010

El estudio de los códices

Luz María Mohar Betancourt
Rita Fernández Díaz
La costumbre generalizada sobre el estudio de los códices todavía camina hacia la interpretación de estos manuscritos indígenas entendiéndolos como mera iconografía que ilustra la glosa española -postura iniciada a principios del siglo XVI y en gran medida vigente al inicio de este milenio- , un conjunto de investigadores se reúne para confrontar esta posición en torno a lo que el enfoque etnográfico teórico-metodológico galarziano propone: considerar el conjunto de glifos o pictografías como textos escritos con base en la imagen codificada como un complejo sistema plástico lingüístico que, antes de interpretarse, debe ser leído.
Desde el momento en que los españoles conquistadores del territorio mesoamericano se enfrentaron a los habitantes de esas nuevas tierras, algunos de ellos quedaron sorprendidos ante la majestuosidad y complejidad de los centros urbanos, de su organización y de la especialización lograda entre sus habitantes. En consecuencia, el reconocimiento de la existencia de la escritura en las culturas indígenas fue cuestionada. Algunos conquistadores y funcionarios no podían aceptar que existiese una forma de registro distinto a la escritura alfabética. Esta posición perduró durante varios siglos y todavía hoy es fuente de debate con la postura opuesta.
El interés de personajes europeos por el estudio de estos libros o amoxtli contribuyó, en gran parte, a la dispersión de la documentación que había sobrevivido a la conquista.
En este texto se entiende por códice “los manuscritos de los indígenas mesoamericanos que fijaron sus lenguas por medio de un sistema básico del empleo de la imagen codificada, derivada de sus convenciones artísticas” (Galarza, 1990: 15).
Los investigadores de los documentos pictográficos indígenas tradicionales o códices mesoamericanos legaron un importantísimo acervo de conocimiento construido durante más de 500 años, que ahora es cimiento de nuevas propuestas y enfoques interdisciplinarios. Sin embargo, la escritura carece, hasta el momento, de una disciplina científica que la tome como objeto de estudio; y si este no se ha realizado con profundidad, los estudios sobre la escritura mesoamericana son incipientes, sin fundamentos científicos y, casi siempre, llenos de interpretaciones despectivas.
A partir de 1960, y hasta la fecha, se realiza una serie de estudios sistemáticos que han gestado lo que hoy se conoce como Teoría de la escritura mesoamericana. Esta corriente afirma que los códices son manuscritos pictográficos indígenas tradicionales, que conforman una compleja escritura a partir de la imagen codificada. Los investigadores a ella adscritos han desarrollado un método cuyo análisis sistemático, exhaustivo y científico trata de dar cuenta de la totalidad de los elementos en los códices. Este método está creado de tal manera que puede ser aplicable a los diferentes grupos de manuscritos indígenas tradicionales. Joaquín Galarza, iniciador de esta línea de estudios, elabora y desarrolla las bases de la teoría de la escritura mesoamericana y propone este procedimiento, cuyo propósito es efectuar un verdadero descentramiento del ojo occidental para descubrir leyes y reglas, a distintos niveles, así como funciones variadas en los signos que conforman el complejo sistema de escritura (Galarza, 1979). A partir de esta propuesta teórico-metodológica, el análisis de los documentos pictográficos indígenas da un vuelco en esa dirección. Su aplicación ha permitido obtener resultados importantes en lo relativo a leyes y convenciones del sistema.