test1

Mostrando entradas con la etiqueta Códices. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Códices. Mostrar todas las entradas

sábado, 27 de febrero de 2010

Variedad de libros y sus distintos usos.

LOS TONALÁMATL, LIBROS DE LOS DÍAS Y LOS DESTINOS.

No sólo en la región central sino en todo el ámbito mesoamericano la "cuenta de los días-destinos", el tonalpohualli, tuvo continuada vigencia. No hace falta grande esfuerzo para ver cómo, a partir del nacimiento hasta la muerte, en todos los momentos tenidos como más importantes en la vida, la consulta de los tonalámatl, libros o papeles de los días-destinos, se muestra de requerida necesidad.
El tonalpohualli, conocido entre los mayas como tzolk´in y entre los zapotecas como piye, era "la cuenta de los días y sus destinos". A diferencia del xiuhpohualli o cuenta del año de 365 días, el tonalpohualli estaba integrado po sólo 260.
La cuenta del ao se distribuía en 18 veintenas de días, más otros cinco tenidos como ominosos al final del ciclo anual. En tanto que cada una de las 18 veintenas tenía su nombre propio, los días que los integraban recibían sus nombres de los correspondientes al tonalpohualli. Éstos se designaban por medio de la expresión conjunta de numerales del uno al trece y de veinte caracteres glíficos.
El tonalpohualli estaba dividido en grupos de trecenas de días. Cuatro de sus caracteres glíficos eran los que introducían y orientaban los años: ácatl (caña), hacia el oriente, técpatl calli (casa), hacia el poniente y tochtli (conejo), hacia el sur. (pedernal), hacia el norte,
El tonalpohualli aparece en muchos de los códices que se conservan, tanto prehispánicos como de tiempos históricos. Su función, además de dar nombre a todos los días del año solar, era básicamente astrológica. La conquista no trajo consigo el desuso de esta cuenta. Se conservan manuscritos de ella procedentes del periodo colonial y aun en tiempos recientes se siguió empleando entre grupos mesoamericanos un tanto aislados.

miércoles, 24 de febrero de 2010

Lo que era leer y contemplar un libro Mesoamericano.

 
Enterarse a través de la imagen, el texto glífico y la palabra, implica un camino propio y distinto si se compara con lo que ocurre en la cultura occidental. En ésta leer un libro es seguir con la mirada las líneas de palabras escritas allí con el alfabeto. Esas palabras, en cuanto significantes, actualizan en la conciencia del que lee, ideas de imágenes previamente adquiridas y que se hallan en ella como en un repositorio conceptual e imaginativo. La lectura va integrando las ideas e imágenes evocadas y, como en el caso de un ordenador electrónico, las contextualiza de acuerdo con la secuencia que confirió a su obra el autor del libro. Los distintos lectores, al liberar el bagaje de sus respectivas experiencias el contenido de cada elemento en la secuencia contextualizada del libro, estarán acercándose, cada uno de modo diferente, a la misma obra.
Y puede añadirse que aun si la misma persona, en tiempos distintos, vuelve a leer el mismo libro, en realidad reactualiza vivencias diferentes según las variables circunstancias en que se halla. Parafraseando al filósofo

martes, 16 de febrero de 2010

Amoxtlalpan: En tierra de libros

León-Portilla, 2003.
Fuera del Viejo Mundo, sólo en México y regiones cercanas de América Central floreció la escritura y el arte de hacer libros. Por eso, a esta área geográfica de alta cultura que llaman Mesoamérica, bien puede aplicársele también el nombre de Amoxtlalpan, "en tierra de libros".
De las varias formas de escritura que en ella se desarrollaron dan testimonio miles de inscripcones en monumentos de piedra, en objetos de cerámica, metal o hueso. Y también los libros hoy llamados códices, son portadores de imágenes polícromas y signos jeroglíficos que hablan de aconteceres divinos y humanos.
En las distintas lenguas mesoamericanas existen palabras para expresar una idea afín a lo que entendemos por libro. Daré, como muestra, el caso del náhuatl. Amoxtli está compuesto de ámatl, "papel" (hecho de la cutícula fibrosa que subyace a la corteza del árbol amate, del género de los ficus), y de ox-tli "lo que está aderezado o emplastado". El vocablo resultante, amoxtli, significa "aderezo o conjunto de papeles de amate".
Los amoxtli se conservaban en las amox-calli, "casas de libros", situadas en las escuelas, sobre todo en las sacerdotales, y en los templos y palacios. Bernal Díaz del Castillo, el soldado cronista que pudo ver algunas de esas amoxcalli, describe cómo eran los dichos libros. Sus lectores españoles pudieron imaginarse esas largas tiras de papel o de pieles de venado adheridas entre sí, que se plegaban "como paños de Castilla" de suerte que la superficie de cada doblez equivalía a una "página".
Hoy, a pesar de las destrucciones que acompañaron a la Conquista, sobreviven unos pocos de esos códices prehispánicos. No tenemos, por tanto, que acudir ya a la imaginación para conocer cómo son los códices. Hay además repreducciones facsimilares de ellos. Así, aunque no sea siempre fácil acercarse a un códice original, y menos aún tenerlo en las manos e ir desplegando sus páginas, nos queda la compensación de las modernas ediciones, algunas en verdad tan fieles que casi parecen falsificaciones.

lunes, 15 de febrero de 2010

Códices. Los antiguos libros del nuevo mundo.

Miguel León-Portilla, 2003.
 
Libros de pinturas y caracteres llamaron en el siglo XVI los cronistas españoles a los manuscritos que hoy nombramos códices de Mesoamérica. Puesto que estoy dando como título a este trabajo la palabra códices, pienso que será pertinente una consideración sobre el empleo de ella para designar a los que de hecho son los más antiguos manuscritos del Nuevo Mundo.
Inquiriendo acerca del vocablo codex -del que proviene códice- nos encontramos con que su significado original fue el de “tronco”, del cual se derivó otra acepción: la de “tablillas donde se escribe”. En ellas, en la antigüedad clásica, los escribanos registraban una variedad de textos.
Aplicar el vocablo codex y códice a los libros manuscritos guarda estrecha relación con el concepto original de “tablilla donde se escribe”. Así, codex significó en la Edad Media “libro manuscrito”.

A punto fijo no se sabe quien fue el primero en aplicar la palabra códice a los antiguos libros de Mesoamérica. Todavía en el siglo XVIII y principios de la siguiente centuria se los mencionaba de otras varias formas: “manuscritos figurativos”, “libros de pinturas”. 
Cuando se publicaron en Europa y México, a finales del XIX, reproducciones bastante cuidadas de varios de estos manuscritos, en casi todos los casos aparecieron con la designación de codex o códice. Esto ocurrió con las ediciones patrocinadas por el duque de Loubat, varias con comentarios de Eduard Seler y, asimismo, con las que sacaron a la luz Francisco del Paso y Troncoso, Antonio Peñafiel y Alfredo Chavero.

Aunque los libros de pinturas y caracteres de Mesoamérica difieren en varios aspectos de los códices europeos medievales, se conocieron ya universalmente como códices del México antiguo. De las diferencias que hay entre unos y otros cabe otra que los de Mesoamérica ostentan formas de presentación muy distintas. Así, no tienen hojas propiamente dichas, ya que se elaboraban a modo de biombo o acordeón, de rollos o se pintaron sobre lienzos. Además, en tanto que los códices europeos no llevan necesariamente pinturas, los de Mesoamérica las tienen como elemento característico.

Fue en el siglo XIX, y más ampliamente en su segunda mitad, cuando se introdujo y se generalizó el vocablo códice para referirse a ellos.

lunes, 8 de febrero de 2010

HISTORIA DE LOS CÓDICES MEXICANOS.


Manuel A. Hermann Lejarazu.
CÓDICE BORGIA.

Actualmente continúa siendo materia de debate entre diversos especialistas no sólo el lugar de origen de uno de los manuscritos religiosos más importantes de la antigua Mesoamérica, sino también la manera en la cual pudo haber sido adquirido ese documento por el cardenal italiano Stefano Borgia hacia la segunda mitad del siglo XVIII.
Se debe a Alejandro de Humboldt no de los relatos más populares acerca de la historia del códice pues menciona que al pertenecer a la familia Giustiniani cayó en manos de los sirvientes de esa casa y posteriormente a los hijos de éstos; cuenta también, que el Cardenal Borgia lo rescató el manuscrito cuando estos niños lo estaban quemando. (Seler, 1963, p. 9).
Recientes investigaciones, llevadas a cabo por Anders, Jansen y Reyes García en los archivos de la Congregación, revelan que el Cardenal Borgia era un verdadero erudito que compartía su colección científica con numerosos intelectuales de la época. Especialmente valioso para su museo era el “códice mexicano”, por lo que nunca reveló cómo logró adquirirlo. Por lo tanto, Anders, Jansen y Reyes García consideran inverosímil la historia escrita por Humboldt, pues opinan que uno de los herederos de Borgia puso en circulación esa anécdota para reforzar su posición en un pleito legal.
Una segunda versión acerca de la adquisición del manuscrito fua publicada por el padre Franz Ehrle en su estudio introductoria a la edición facsimilar del Códice Borgia de 1898. Afirmó que el códice había sido salvado de un auto de fe en alguna plaza de México y que un ex alumno lo había sacado del fuego para posteriormente enviárselo a Stefano Borgia en 1762. sin embargo, Anders, Jasen y Reyes García señalan que tal historia tampoco es convincente, ya que el documento debió haber llegado a manos de algún italiano en el curso del siglo XVI, pues en la página 68 se observan varias anotaciones escritas en ese idioma cuya letra o caligrafía corresponde al estilo entonces en uso.
Existe la referencia de don Francisco del Paso y Troncoso en sus comentarios al Códice Borbónico publicados en 1898 en donde señala que el cardenal Borgia “salvó del olvido y probablemente de la destrucción” el códice que lleva su nombre (Del Paso y Troncoso [1898] 1981, p. 54), pero tampoco menciona el famoso pasaje de la “quemazón infantil”.
Ander, Jansen y Reyes García opian que una pista más sólida se encuentra en la interpretación de Lino Fábrega; pues según éste último, l manuscrito fue en efecto salvado de las llamas, pero durante varios siglos permaneció ignorado en plazas y gabinetes de América y Europa. Por lo tanto, es posible que el códice haya sobrevivido a algún “auto de fe” efectuado en el siglo XVI y que por mucho tiempo estuviera en posesión de diversos coleccionistas, hasta que por razones desconocidas fue vendido u obsequiado a Borgia. No obstante, Batalla Rosado (2008) ha externado sus dudas sobre esta última versión.